Ya les habia contado que no me agrada la navidad. Es muy trillada la frase y medio mundo se autodefine como grinch, pero bien que andamos ahí tragando pavo, tamales y todo lo tradicional de las fechas.
Tampoco me gustan los abrazos. No me gusta abrazar y no me gusta que me abracen, salvo que sea gente muy querida y a quien tengo mucho tiempo sin ver, por ejemplo a esos amigos que veo una vez cada año o cada seis meses. Pero abrazar nada más porque sí… ¡me choca! Pobrecita mi mamá, es la que más sufre con esto, porque mi hermano anda más o menos en las mismas y nuestra madre es algo así como… mmhh ¿cómo decirlo? ¿Una mamá muy, muy, muy cariñosa?
Este año me esforcé en no andar tan amargosa; medio me falló, pero hubo días en que me fue imposible sonreir siquiera. Digamos que aquí aplica la frase que vi en el blog de Carmen “diciembre me gustó pa’ que no exista”, pero dedicada precisamente a la navidad y el fin de año. Eso de repartir abrazos a las 12 de la noche… Uff. Y luego si se topa uno a gente durante los primeros 10 ó 15 días de enero, te quieren sorrajar los abrazos “atrasados” por navidad, fin de año y día de reyes.
Pero bueno, este post habla sobre el mes de enero porque me da mucha risa cómo cambian los pasillos de los supermercardos mexicanos apenas termina diciembre: El pasillo principal, donde había toda clase de ching@deritas para decorar la casa con motivos navideños (arbolitos, esferas, colguijes, series de luces, tapetes, manteles, mantelitos, servilletas, toallas, nacimientos, etc.) tiene ahora otro tipo de mercancías. Diciembre es el mes de los excesos y enero el de las culpas. Los pasillos de los supers están llenos de aparatos para ejercicios, ropa deportiva, comida light y de dieta, suplementos y medicamentos para bajar de peso, fajas y cosas así.
Tan es un mes de culpas que la mayoría de los gimnasios registran altas ventas en este mes. Y ahora que lo recuerdo, en este mes comienzo a dar clases de jazz en una academia de danza de aquí de Juárez. O al menos en eso quedamos, pero con el rollo de la crisis, quién sabe cuánta gente se inscriba y pues igual, está en duda mi clase.
Yo también quiero hacer ejercicio, pero porque me gusta, no porque me sienta culpable.