Historias Cotidianas
La tertulia
Ricardo León García
Pongámonos muy, pero muy pedantes y dejemos que el diccionario defina lo que es una tertulia: “reunión de personas que se juntan habitualmente para conversar o recrearse”. Así, en la tertulia se presentan ideas de unos y otros, se comparte conocimiento y se lleva a cabo un intercambio de lo que cada uno de los tertulianos y tertulianas sabe.
La tertulia abre ventanas que quizás no nos atrevíamos a abrir por alguna razón y se convierte en tribuna para quienes tienen algo que decir. Allí se sueltan la voz y los pensamientos, al expandir y refinar ideas, se forman y transforman criterios, se disfruta del conocimiento, hay una exaltación de los sentidos y se respetan las diferencias (aclarando que hay muchas formas de respetar). La tertulia es contubernio, irreverencia, disfrute e inteligencia. El medio es propicio para la amistad fundada en el conocimiento y en la discusión del conocimiento (y en la vida de los que discuten).
La informalidad de la tertulia no le resta seriedad. En lo que no puede carecer de formalidad es en su periodicidad y ubicación. Los tertulianos saben dónde, cuándo y a qué hora estarán reunidos los interesados en cierto tipo de temas o en la rama del arte o de la ciencia que de manera cotidiana debaten, de las que se informan y comparten ideas y opiniones. Las tertulias más famosas en el siglo XX se efectuaron en los cafés o en las sobremesas de ciertos restaurantes.
Han existido tertulias literarias, teatrales, políticas (y politiqueras), médicas, pictóricas y hasta sobre vinos (no mencionaremos las que no conocemos, pero debe haber temáticas muy diversas). Una vez constituidos los grupos de tertulianos, al ausente se le echa de menos y antes de averiguar el motivo de la ausencia, es común que se convierta en el blanco de viperinos ataques por parte de sus amigos y amigas, que se convierten de repente en maestros destiladores del más puro veneno (pero siempre en buena onda, además que habrá tiempo de corregir en caso de algún improperio). La experiencia de cuatro siglos (¡cuatrocientos años!) en este rasgo fundamental de la tertulia ha demostrado que es la mejor manera de garantizar la asistencia periódica de los contertulianos.
Ah, pero la presencia física de alguien no es garantía para estar a salvo de algunas dosis venenosas, pero siempre en un ambiente de camaradería, sin perder de vista que la reunión tiene un objetivo preciso. Este objetivo es lo que hace de muchas tertulias un instrumento excelente de la educación no formal pues además de aprender lo que uno no sabe respecto a los temas allí tratados, se adquieren las habilidades de la expresión oral, la argumentación de ideas, el ordenamiento lógico del pensamiento y la tolerancia.
Los resultados siempre son fantásticos puesto que además del enriquecimiento intelectual de los participantes, se consolidan amistades (y a veces, enemistades, nadie es perfecto), se generan proyectos formales no siempre relacionados con los temas que en la tertulia se tratan, y es una de las probadas fórmulas para quienes comienzan a conocer sobre lo discutido, aprendan de los experimentados… además, a nadie le hace daño saber más, por mucho que sepa o piense saber.
Quizás los miles de lectores de ambos géneros se pregunten acerca de la trascendencia de las tertulias. Lo más probable es que nadie sepa de eso y menos de las tertulias que se efectuaron en lugares de escasa circulación de personas o alejados de los grandes centros de decisión política, económica o cultural. La memoria de esas tertulias habrá llegado a las tumbas de sus tertulianos y allí quedaron, sepultadas para la eternidad.
Pero no todo debe ser tétrico. Lope de Vega participaba desde 1610 en la tertulia llamada Academia Mantuana, donde explicaba su Arte nuevo de hacer comedias. El origen de esta academia fue en la tertulia de los corrales de comedias. He aquí la segunda connotación del término: al corredor, la parte más alta de los antiguos teatros españoles se le llamaba… tertulia. Al terminar la representación, autor, actores, y parte del público se dirigía a la tertulia a comentar la obra, a aportar nuevas ideas, a deshacer vanidades, a provocar, a felicitar, a compartir. Era una forma de retroalimentar al autor y a todos los participantes de la función.
Durante el siglo XVIII, en algunas localidades de España, Francia e Italia, en cafés se reunía gente alrededor del alfabetizado del lugar, que leía a los presentes las noticias publicadas en los primeros periódicos de sus lugares de origen o de las ciudades cercanas. A partir de la lectura, obvio, nadie podía permanecer en silencio, así que se discutía con rabia y mucha pasión todas y cada una de las notas que el lector había mencionado.
Los liberales del imperio español, en 1812, se reunieron en tertulias políticas de donde partieron muchas de las propuestas para la redacción de la Constitución de Cádiz, fundamental para la vida política de América Latina en las siguientes tres décadas. Para evitar el roce con el populacho, la intelectualidad elitista comenzó a organizar sus tertulias en los clubes privados, donde las mujeres fueron proscritas (ese machismo de tendencias homosexuales nunca ha dejado nada de provecho para la humanidad, en fin).
En México, las tertulias en las que participaban los literatos del Romanticismo fueron factor determinante para la difusión de los géneros de las letras de ese momento. Ramón del Valle Inclán dijo que la tertulia que se organizaba en el madrileño Café de Levante había sido más influyente en la literatura y el arte “que dos o tres universidades y academias”. ¡Sopas! Bien por la tertulia, pésimo por las universidades de Madrid.
Nuevamente en Ciudad Juárez, El Reto y el restaurant Fratello’s organizan su tertulia semanal, donde se encontrarán el conocimiento, la pasión por el saber y los dimes y diretes sobre lo que ronda por las ideas que allí se expongan, se discutan, se desarmen y vuelvan a armar. Anímese a compartir.