Me duele mucho todo lo que pasa en el país y el estado, pero más me duele lo que pasa en mi ciudad que, si bien es cierto, no es en la que nací, sí es en la que crecí y la que, cuando regresé con el corazón roto y las manos vacías, me recibió amablemente, me concedió, en cada cambio, un empleo mejor que el anterior y me presentó al amor de mi vida, además de darme amigos entrañables.
Mucha gente que vive en mi tierra natal me pregunta cómo me puede gustar vivir aquí, si la fisonomía de la ciudad es desagradable, el clima no es nada benévolo, hay mucha violencia y lo único bueno son los centros comerciales de El Paso.
Siempre les decía que, independientemente de los malls y los antros, en Juárez hay mucho qué hacer, porque sí hay trabajo (bueno, había), porque puedes entrar a cualquier lugar sin ser discriminado aunque vayas en fachas o seas moreno, de baja estatura y cabello oscuro.
Qué más quisiera que volvieran los días en que podíamos salir a cualquier hora sin tener que llevar cerradas las ventanas del carro, sin estar viendo de reojo a todos lados, no sea que se acerque algún maleante, o sin tener que estar pendiente para alejarte de cualquier vehículo sospechoso, no sea que te toque estar en medio del fuego cruzado.
Hace poco más de un año la familia tuvo un acontecimiento desagradable, pues la delincuencia organizada afectó a uno de nuestros integrantes. Entonces, mi enojo, rencor y depresión eran tantos que pensaba que ojalá los narcos y sicarios terminara de matarse unos a otros y se extinguieran. Luego recapacité y recordé que mi abuelita me enseñó a no desear nunca la muerte de otra persona.
Y la semana pasada ocurrió, de nuevo, una matanza al interior de un centro de rehabilitación, donde se culpaba las VÍCTIMAS de haber tenido nexos con el narco o con sicarios, como si eso fuera un pretexto para no investigar los motivos y los autores del crimen. Es más, como si eso no fuera un crimen.
Ya había dicho antes que me encanta mi trabajo, amo lo que hago, pero cómo me causa penar leer la indolencia de las autoridades y de gran parte de la población. Hoy domingo, otra vez, lloré al leer estas notas en El Diario:
Recuerdo muy bien cuando decías eso y me alegra saber que ya no es así.
Quién sabe… igual y si a mí me toca pasar por lo que a ti y a tu familia, reacciono de otra manera, pero será por culpa de la emoción y no de la razón.
Y también muy triste con los estúpidos comentarios de la procuradora.
Todo esto es tan difícil. La gente ya no quiere más violencia y sí, hay muchos que quieren que los narcos y sus sicarios terminen de matarse todos, creyendo que así vamos a vivir en paz. Pensar así nos convierte, también, en asesinos.
Si lo ponemos en el aspecto religioso, estamos pecando con el pensamiento.